¿Cuántas malas decisiones tomamos porque reaccionamos al miedo? Miedo a perder, miedo a ser juzgado por los demás… ¡Cuidado! La voz del miedo puede sepultar la voz del Espíritu Santo y robarnos la paz.


¿Cuántas malas decisiones tomamos porque reaccionamos al miedo? Miedo a perder, miedo a ser juzgado por los demás… ¡Cuidado! La voz del miedo puede sepultar la voz del Espíritu Santo y robarnos la paz.

Recibimos una promesa de Dios y estamos instantáneamente llenos de confianza. Pero, cuanto más pasa el tiempo, cuanto más nos prueban, más comenzamos a buscar otras soluciones. ¡Y esto es, por supuesto, un gran peligro!

Seguramente es una de las primeras frases que formula un niño. “Yo soy capaz”, dirá un niño pequeño, rechazando la ayuda de sus padres para vestirse, comer o bañarse. Incluso los adultos, mantenemos con demasiada frecuencia esta actitud molesta.

Pasamos nuestra vida adulta trabajando duro para pagar nuestros gastos y ahorrar para nuestra jubilación. Sabemos que algún día dejaremos de trabajar. Ahora, en el Señor, nunca somos demasiado viejos para servir.

Por supuesto, hacer lo que Dios quiere es muy importante. Pero Dios no quiere pequeños robots. También quiere que nuestras acciones estén acompañadas de una buena actitud.